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AUTOR Guillermo Correa Camiroaga

ARTISTAS TRANSFORMAN FESTIVAL DE VIÑA DEL MAR EN TRIBUNA DEL PROCESO SOCIAL QUE VIVE EL PAÍS

La gran misa solemne anual de la farándula chilena que es el Festival de la Canción de Viña del Mar, se convirtió este año, muy, pero muy a pesar de sus organizadores, en una tribuna en donde algunos de los artistas de mayor talento no vacilaron en identificarse con el proceso social que está viviendo Chile en estos momentos.

Desde hacía varias semanas y en el contexto del estallido social y de la violenta represión desatada como respuesta por el gobierno, la idea de celebrar el festival, para muchos aparecía como algo cargado de riesgos.

Por otra parte, entre los manifestantes había tomado forma el sentimiento que este evento, por su despliegue farandulero y frívolo, era una provocación, en un contexto en que había quedado en evidencia y más que nunca, la abismal desigualdad imperante en la sociedad chilena.

Y en esto, Viña del Mar no podía ser mejor ejemplo de esta violencia que significa la diferencia que existe entre las condiciones de los que viven en los grandes edificios del borde costero y aquellos de las poblaciones y campamentos de la periferia, carentes de los servicios mínimos y cuyo número es récord en todo Chile.

Detrás de la fachada de una ciudad moderna, lujosa, de tiendas elegantes y de “gente bonita” hay una realidad de poblaciones sin servicios esenciales, de campamentos en pobres condiciones y de miles de personas con trabajos precarios y mal pagados que sobreviven para mantener esa vitrina de apariencias.

Puede entenderse fácilmente que para todos aquellos que sufren condiciones como las señaladas, el gasto de millones en algo que aparece como tan fútil y banal, cuando en sus barrios no tienen agua potable, alcantarillado o una atención médica mínima, no puede ser sentida sino como una provocación.

En este contexto y, a pesar de todo, el municipio viñamarino consideraba que había que garantizar que el Festival cumpliría su cometido de mostrar la imagen de un Chile moderno, tranquilo, alegre, festivo y divertido, tal como el oasis del que habló Piñera poco antes del 18 de octubre.

 

AUTOR Guillermo Correa Camiroaga
Autor: Guillermo Correa Camiroaga

Para este cometido tan “crucial”, a la gestión tradicional de organización de la municipalidad de Viña del Mar, se unió ahora el mismísimo ministerio del Interior que, en la circunstancia, tomó a su cargo la seguridad del evento.

Fue así como el recinto de la Quinta Vergara adquirió las características de un campo bajo asedio enemigo.

Se dispusieron grandes vallas metálicas a la entrada, se instalaron detectores de metales, se prohibió el ingreso de carteles (salvo aquellos de las firmas comerciales auspiciadoras) y hubo proyectores apuntados hacia el cerro por donde pudiesen ingresar protestatarios.

Más aún, el ministro del Interior Gonzalo Blumel  anunció que se aplicarían “procesos de inteligencia” (sic) para recopilar datos de los compradores de entradas y hacer “seguimientos” de los eventuales alteradores del orden público.

Ni los propios artistas humoristas que debían participar en el show escaparon a esta tentativa de control, recibiendo de parte de los organizadores la advertencia de que no deberían hacer chistes “que imputen delitos a las autoridades o a las instituciones”.

Sin embargo, y a pesar de las vallas metálicas, de los detectores de metales, de las amenazas de Blumel, fue el propio público el que dio el tono de protesta al festival, conforme al proceso que se está viviendo en Chile y al sentimiento frente al gobierno y sus aparatos represivos.

No fue más que la pareja de animadores declararan oficialmente la inauguración del festival, para que desde el público comenzara a manifestarse contra el gobierno y en particular contra Piñera.

No obstante, los abucheos y las expresiones como “Piñera asesino igual que Pinochet” u otras de más subido color, (Piñera CTM o Piñera Qliao) no pudieron ser vistas por los que desde sus casas seguían el festival por televisión.

En el momento de la manifestación, la realización cortó el sonido de los canales de TV y a través de ellos sólo se pudo ver al público agitado sin poder escuchar sus voces.

Vino luego la presentación del humorista Stefan Kramer que, sin demagogia fácil y con un despliegue de talento, supo, mediante el humor, conquistar a un público tradicionalmente muy exigente y difícil, haciéndose parte y manifestando abiertamente y en un muy buen sentido, su compromiso con la actualidad social del país.

Pero ese domingo, en Viña del Mar también se vivía otra realidad, también enmarcada en el difícil proceso social, pero esta vez protagonizada por los que estaban al exterior de la Quinta Vergara.

Estos, que habían llegado en su gran mayoría desde los cerros de la ciudad y que querían hacer sentir su rechazo a un evento que consideraban un desperdicio de recursos, se habían congregado a por lo menos tres cuadras de la entrada de recinto.

Todo podría haber quedado allí de no producirse la intervención de las FFEE de Carabineros. Como es la normal, sin razón inmediata, atacaron a los manifestantes, provocando la natural respuesta de defensa de estos últimos y la consiguiente escalada de violencia.

 

AUTOR Guillermo Correa Camiroaga
Autor: Guillermo Correa Camiroaga

Evidentemente, los resultados de esta, un principio de incendio en el hall del Hotel O’Higgins donde se alojaban los artistas y otros participantes en el Festival de Viña, automóviles incendiados y un cierto número de policías heridos, centraron la atención de los medios y dieron de qué hablar a los representantes del gobierno y la derecha.

Un día después, en la noche del lunes, la política y las mujeres se apropiaron del Festival con el mejor de sus talentos, haciéndose parte del proceso social que vive Chile, manifestándose sin ambages en la expresión de sus puntos de vista.

“Es tan difícil quedarse callada cuando uno lo vivió en carne propia, porque no toda la gente sabe lo que es cagarse hambre de verdad”, dijo Mon Laferte al comenzar su actuación, recordando su infancia en un cerro de Viña del Mar.

La cantante reconoció haber tenido mucho miedo cuando supo que Carabineros había solicitado a la fiscalía la convocara para interrogarla sobre sus comentarios sobre los incendios en el metro de Santiago.

Pero, siempre sobre el mismo tema, más adelante comentó “si me tienen que llevar presa por decir lo que pienso, métanme presa”.

Contando con el inmenso apoyo expresado por el público y segura de haberse apropiado del escenario, Mon Laferte invitó a medio centenar de cantautoras y folcloristas chilenas, y terminó su presentación bailando dos cuecas con Francisca Valenzuela y agitando un pañuelo verde, símbolo del aborto libre, seguro y gratuito.

En su propia presentación, Francisca Valenzuela causó sensación y se ganó nutridos aplausos actuando con una larga chaqueta negra en la que podía leerse “No más estallidos oculares”, “No más impunidad”, “Abajo el patriarcado”.

Uno de los momentos más intensos durante la prestación de esta última fue cuando el público espontáneamente comenzó a cantar el himno feminista del colectivo Las Tesis: “Y la culpa no era mía, ni donde andaba ni como vestía… El violador eres tú…”

Fernando Fernández